Sobre la pintura de paisaje
La creencia de que la Naturaleza presenta evidentes afinidades con el espíritu humano, “correspondencias” diría Baudelaire, arranca del Romanticismo. En la literatura de ésta época se pueden encontrar estas relaciones de la realidad exterior y los movimientos anímicos. El paisaje de Turner y Friedrich revelan a su vez un “momento” de lo natural y un “estado del alma”, y Carus llega a decir que, “existe un vínculo espiritual que une los movimientos y las metamorfosis de la Naturaleza exterior a las variaciones de los sentimientos que llevamos en nosotros”.
Las alusiones al universo morfológico que surge en la obra de los informalistas: grietas, hendiduras, manchas, formas de raíces, nubes… permite establecer una analogía entre lo físico y lo psíquico. “Estas imágenes ignotas buscadas por estos artistas, desconocidas antes de ser creadas, tienen un sentido simbólico incuestionable, relacionado con el destino de la vida espiritual en el Universo, dentro del molde representado por el hombre y más allá de él. Lo desconocido mantiene una relación constante con el nivel de lo indeciso, de lo indeterminado. Integra, pues, todo aquello que se pierde constantemente, lo que no entra en el campo de la conciencia o es rechazado de ella sin haber llegado a existir en su decantación. (…) Se advierte que el mundo de la realidad es solo una y tal vez no la necesaria”. Finalmente Cirlot manifiesta “nos sentimos tentados a creer que esas figuraciones de lo insólito darán siempre la razón a la fantasía contra la ciencia, en el sentido de que la primera parece saber ya, aunque de modo impreciso, todo lo que la segunda desarrollará en el transcurso de una lenta evolución general”.